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    MADRE DE LA CONFIANZA

     

    355  MADRE DE LA CONFIANZA

     

    "MADRE DE LA CONFIANZA"

    Madre siempre fiel,
    cuando te asaltó la incertidumbre,
    cuando las cosas se te hacían complicadas,
    supiste confiar.
    ¡Y cómo confiaste!
    En el momento cumbre de la historia
    con decisión y firmeza
    pronunciaste aquel bienaventurado
    «Hágase»,
    del que viene nuestra salud.
    ¡Y siempre lo mantuviste!
    Las desconfianzas de otros,
    los decires de tantos
    nunca te apartaron
    de la santa confianza.
    Obténme,
    Santa María de la Confianza,
    el auxilio divino
    que me permita superar
    las incertidumbres que ahora me acosan.
    Que así sea

     

    Ven Espíritu Santo ¡Ven!

     

    355  Ven Espíritu Santo ¡Ven!

     

    Ven Espíritu Santo ¡Ven!

    Ven, Espíritu Divino,
    manda Tu luz desde el cielo,
    Padre amoroso del pobre, Don,
    en Tus dones espléndido;
    Luz que iluminas las almas,
    fuente del mayor consuelo.
    Ven, dulce huesped del alma,
    descanso en nuestros esfuerzos,
    tregua en el duro trabajo,
    brisa en las horas de fuego,
    gozo que enjuga las lágrimas
    y reconforta en los duelos.
    Llega hasta el fondo del
    alma divina Luz, y enriquécenos.
    Mira el vacío del alma,
    si Tú le faltas por dentro.
    Mira el poder del pecado
    cuando no envias Tu aliento.
    Riega la tierra en sequía,
    sana al corazón enfermo,
    lava las manchas. Infunde calor,
    da vida en mi hielo.
    Doma al espíritu indómito,
    guía al que tuerce el sendero.
    Reparte Tus siete dones según
    la fe de Tus siervos.
    Por Tu bondad y Tu gracia,
    dale al esfuerzo su éxito.
    Salva al que quiere salvarse
    y danos Tu gozo eterno.
    Amén

     

    Gracias Señor...

     

     

    Gracias Señor...

     

    Gracias Señor...

    Gracias, Señor, por ese espacio lleno de cielo que sale a nuestro
    paso para llenar el corazón con su belleza. Gracias por el pan que
    nos das para aplacar el hambre. Por la risa del niño que se vuelve
    caricia. Por el mar y la nube. Por el don de sentir a plenitud la
    vida.
    Gracias por cada hora, aún cuando no todas sean iguales de buenas.
    Gracias por el valor de la mariposa que enciende sin conciencia de su
    milagro, un pabilo de ensueño. Gracias, Señor, por los espejos
    maravillosos del mirar de nuestros padres y nuestras mentes. Por la
    amistad que prolonga ese sereno privilegio de ser hermanos.
    Gracias por la lluvia fuerte, por la llovizna bienhechora, por haber
    puesto trinos y alas en las ramas. Gracias por cada gota de rocío y
    por el arco y por el árbol que madruga su júbilo en el fruto.
    Gracias, Señor, por el ayer que se prendió al recuerdo. Por el hoy
    que vivimos y por el mañana que nos espera con sus brazos repletos de
    misterio. Gracias, a través de mis labios, desde mi alma, en nombre
    de aquellos que se olvidaron de dártelas, en nombre de los que somos
    y los que seremos.
    Gracias por toda la eternidad
    Amen

    Eres luz y siembras claridades,..

     

    Eres luz y siembras claridades,..

     

    Eres luz y siembras claridades,..

    Eres luz y siembras claridades, 
    eres amor y siembras armonía 
    desde tu eternidad de eternidades.

    Por tu roja frescura de alegría 
    la tierra se estremece de rocío, 
    Hijo eterno del Padre y de María.

    En el cielo del hombre, oscuro y frío, 
    eres la luz total, fuego del fuego, 
    que aplaca las pasiones y el hastío.

    Entro en tus esplendores, Cristo ciego; 
    mientras corre la vida paso a paso, 
    pongo mis horas grises en tu brazo, 
    y a ti, Señor, mi corazón entrego.

    Amén.

    Autor: Liturgia de la Horas


     

    Cerca de Ti

     

    Cerca de Ti

     

    Cerca de Ti

    Que bien se está cerca  de  ti,  Jesús Eucaristía!
    pareciera  como si todas las tormentas del espíritu
    se disiparan y la inquietudes se volvieran humo
    que se lleva el viento.
    Cerca de ti, es comenzar a vivir el  gozo  del cielo
    abrir anchurosamente los ojos luminosos  del corazón
    y dejar  que nos invada el misterio santo,
    el gozo inefable de la bendita iluminación.
    Cerca de ti, el alma encuentra paz, y el corazón
    descanso y los anhelos pronta satisfacción.
    cerca de ti, ¡ Jesús Eucaristía !, como cambian
    las cosas  de que manera tan diferente
    contemplamos las creaturas y sus enigmáticos
    procederes. Cerca de ti, adquieren su verdadera
    dimensión, su valor e importancia todas las cosas.
    Así quiero vivir mi existencia, cerca de ti, Jesús
    Eucaristía..  Adorándote. amándote..
    en una contemplación sin mediodía, ni ocaso,
    como será allá en el reino de los cielos.
    Cerca de ti. muy cerca de ti, al calor de tu regazo,
    en el santuario de tu traspasado corazón,
    bajo el influjo benéfico del Sacramento.
    Cerca de ti, alabando al Padre y amando al
    Espíritu e intercediendo por toda la Iglesia.
    ¡ Que bien se está cerca de Ti,  Jesús Eucaristía ¡

    Amen

    Bendito nombre de Jesús

     

    Bendito nombre de Jesús

     

    Bendito nombre de Jesús

    Señor, renueva mi alma,
    para que pueda ofrecerte,
    de lo que tu me has dado,
    de lo que nos has dado,
    Gracias te doy por tu,
    ofrecimiento de salvación,
    que para nosotros,
    que sin Ti estábamos perdidos,
    Se para mi luz en mi camino,
    enséñame a apartarme,
    de las malas sendas,
    se bien que todo,
    lo que Te he pedido,
    en el Nombre Sagrado de Jesucristo Tu Unigénito,
    me lo has concedido,
    se bien que me has oído,
    porque siempre nos oyes,
    ¡ Padre Santo !
    se bien que estas conmigo,
    que al final del camino y de mi andar,
    estés conmigo,
    para dejar todo concluido en tu Santo Nombre,
    el Bendito Nombre de Nuestro Señor Jesús.

    Amen

    MARIA, MADRE NUESTRA

     

    354  MARIA, MADRE NUESTRA

     

    " MARIA, MADRE NUESTRA "

    Marìa, Madre Nuestra,
    tú estás aquí en medio de nosotros
    y nosotros somos tu pueblo,
    pequeño retoño que se apoya en tí,
    lo mismo que el apóstol Juan se apoyó en ti
    bajo la Cruz.
    Lo mismo que intercedes por los apostoles
    y por sus sucesores
    hacia la plenitud mesiánica.
    Alcánzanos, Marìa,
    esa comunión del Espíritu Santo
    que brota del corazòn traspasado
    de tu Hijo Jesùs, nuestro hermano
    y haz de nosotros un pueblo de santos,
    que nos permita vivir
    en la comunión de los santos misterios.
    Amén.
    ( P. Carlo Marìa Martini )

    Mi Cristo Roto - parte 1

     

     

    MI CRISTO ROTO  

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    Mi Cristo Roto - parte 1

    Para escuchar la voz de  Sacerdote  P. Ranón Cué S.J

    COMPRAVENTA DE CRISTOS

    A mi Cristo roto, lo encontré en Sevilla. Dentro del arte me subyuga el tema de Cristo en la cruz. Se llevan mi preferencia los cristos barrocos españoles. La última vez, fui en compañía de un buen amigo mío. Al Cristo, ¡Qué elección! Se le puede encontrar entre tuercas y clavos, chatarra oxidada, ropa vieja, zapatos, libros, muñecas rotas o litografías románticas. La cosa, es saber buscarlo. Porque Cristo anda y está entre todas las cosas de este revuelto e inverosímil rastro que es la Vida.

    Pero aquella mañana nos aventuramos por la casa del artista, es más fácil encontrar ahí al Cristo, ¡Pero mucho más caro!, es zona ya de anticuarios. Es el Cristo con impuesto de lujo, el Cristo que han enriquecido los turistas, porque desde que se intensificó el turismo, también Cristo es más caro.

    Visitamos únicamente dos o tres tiendas y andábamos por la tercera o cuarta.

    - Ehhmm ¿Quiere algo padre?

    - Dar una vuelta nada más por la tienda, mirar, ver.

    De pronto… frente a mí, acostado sobre una mesa, vi un Cristo sin cruz, iba a lanzarme sobre él, pero frené mis ímpetus. Miré al Cristo de reojo, me conquistó desde el primer instante. Claro que no era precisamente lo que yo buscaba, era un Cristo roto. Pero esta misma circunstancia, me encadenó a Él, no sé por qué. Fingí interés primero por los objetos que me rodeaban hasta que mis manos se apoderaron del Cristo, ¡Dominé mis dedos para no acariciarlo! No me habían engañado los ojos… no. Debió ser un Cristo muy bello, era un impresionante despojo mutilado. Por supuesto, no tenía cruz, le faltaba media pierna, un brazo entero, y aunque conservaba la cabeza, había perdido la cara.

    Se acercó el anticuario, tomó el Cristo roto en sus manos y…

    - Ohhh, es una magnífica pieza, se ve que tiene usted gusto padre, fíjese que espléndida talla, qué buena factura…

    - ¡Pero… está tan rota, tan mutilada!

    - No tiene importancia padre, aquí al lado hay un magnífico restaurador, amigo mío y se lo va a dejar a usted, ¡Nuevo! Volvió a ponderarlo, a alabarlo, lo acariciaba entre sus manos, pero… no acariciaba al Cristo, acariciaba la mercancía que se le iba a convertir en dinero.

    Insistí, dudó, hizo una pausa, miró por última vez al Cristo fingiendo que le costaba separarse de Él y me lo alargó en un arranque de generosidad ficticia, diciéndome resignado y dolorido:

    - Tenga padre, lléveselo, por ser para usted y conste que no gano nada, 3.000 pesetas nada más, ¡Se lleva usted una joya! El vendedor exaltaba las cualidades para mantener el precio. Yo, sacerdote, le mermaba méritos para rebajarlo…

    Me estremecí de pronto. ¡Disputábamos el precio de Cristo, como si fuera una simple mercancía! Y me acordé de Judas… ¿No era aquella también una compraventa de Cristo? ¡Pero cuántas veces vendemos y compramos a Cristo, no de madera, de carne, en él y en nuestros prójimos! Nuestra vida es muchas veces una compraventa de cristos.

    Bien… cedimos los dos… lo rebajó a 800 pesetas. Antes de despedirme, le pregunté si sabía la procedencia del Cristo y la razón de aquellas terribles mutilaciones. En información vaga e incompleta me dijo que creía procedía de la sierra de Aracena, y que las mutilaciones se debían a una profanación en tiempo de guerra.

    Apreté a mi Cristo con cariño… y salí con Él a la calle.

    Al fin, ya de noche, cerré la puerta de mi habitación y me encontré solo, cara a cara con mi Cristo. Qué ensangrentado despojo mutilado, viéndolo así me decidí a preguntarle:

    - Cristo, ¡¿Quién fue el que se atrevió contigo?! ¡¿No le temblaron las manos cuando astilló las tuyas arrancándote de la cruz?! ¿Vive todavía? ¿Dónde?¿Qué haría hoy si te viera en mis manos?…¿Se arrepintió?

    - ¡CÁLLATE!

    Me cortó una voz tajante.

    - ¡CÁLLATE, preguntas demasiado! ¡¿Crees que tengo un corazón tan pequeño y mezquino como el tuyo?! ¡CÁLLATE! No me preguntes ni pienses más en el que me mutiló, déjalo, ¿Qué sabes tú? ¡Respétalo!, Yo ya lo perdoné. Yo me olvidé instantáneamente y para siempre de sus pecados. Cuando un hombre se arrepiente, Yo perdono de una vez, no por mezquinas entregas como vosotros. ¡Cállate! ¿Por qué ante mis miembros rotos, no se te ocurre recordar a seres que ofenden, hieren, explotan y mutilan a sus hermanos los hombres. ¿Qué es mayor pecado? Mutilar una imagen de madera o mutilar una imagen mía viva, de carne, en la que palpito Yo por la gracia del bautismo. ¡Ohh hipócritas! Os rasgáis las vestiduras ante el recuerdo del que mutiló mi imagen de madera, mientras le estrecháis la mano o le rendís honores al que mutila física o moralmente a los cristos vivos que son sus hermanos.

    Yo contesté:

    - No puedo verte así, destrozado, aunque el restaurador me cobre lo que quiera ¡Todo te lo mereces! Me duele verte así. Mañana mismo te llevaré al taller.¿Verdad que apruebas mi plan? ¿Verdad que te gusta?

    - ¡NO, NO ME GUSTA!

    Contestó el Cristo, seca y duramente.

    - ¡ERES IGUAL QUE TODOS Y HABLAS DEMASIADO!

    Hubo una pausa de silencio. Una orden, tajante como un rayo, vino a decapitar el silencio angustioso.

    - ¡NO ME RESTAURES, TE LO PROHIBO!  ¡¿LO OYES?!

    - Si Señor, te lo prometo, no te restauraré.

    - Gracias.

    Me contestó el Cristo. Su tono volvió a darme confianza.

    - ¿Por qué no quieres que te restaure? No te comprendo. ¿No comprendes Señor, que va a ser para mí un continuo dolor cada vez que te mire roto y mutilado?¿No comprendes que me duele?

    - Eso es lo que quiero, que al verme roto te acuerdes siempre de tantos hermanos tuyos que conviven contigo; rotos, aplastados, indigentes, mutilados. Sin brazos, porque no tienen posibilidades de trabajo. Sin pies, porque les han cerrado los caminos. Sin cara, porque les han quitado la honra. Todos los olvidan y les vuelven la espalda. ¡No me restaures, a ver si viéndome así, te acuerdas de ellos y te duele, a ver si así, roto y mutilado te sirvo de clave para el dolor de los demás! Muchos cristianos se vuelven en devoción, en besos, en luces, en flores sobre un Cristo bello, y se olvidan de sus hermanos los hombres, cristos feos, rotos y sufrientes. Hay muchos cristianos que tranquilizan su conciencia besando un Cristo bello, obra de arte, mientras ofenden al pequeño Cristo de carne, que es su hermano. ¡Esos besos me repugnan, me dan asco!, Los tolero forzado en mis pies de imagen tallada en madera, pero me hieren el corazón. ¡Tenéis demasiados cristos bellos! Demasiadas obras de arte de mi imagen crucificada. Y estáis en peligro de quedaros en la obra de arte. Un Cristo bello, puede ser un peligroso refugio donde esconderse en la huida del dolor ajeno, tranquilizando al mismo tiempo la conciencia, en un falso cristianismo. Por eso ¡Debieran tener más cristos rotos, uno a la entrada de cada iglesia, que gritara siempre con sus miembros partidos y su cara sin forma, el dolor y la tragedia de mi segunda pasión, en mis hermanos los hombres! Por eso te lo suplico, no me restaures, déjame roto junto a ti, aunque amargue un poco tu vida.

    - Si señor, te lo prometo. (Contesté)

    Y un beso sobre su único pie astillado, fue la firma de mi promesa.

    Desde hoy… viviré con un Cristo roto.

    P. Ramón Cué S.J.

     
     

    Mi Cristo Roto - parte 2

     

                                                                                                                                              

         

    Mi Cristo Roto

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    Mi Cristo Roto - parte 2 

    Para escuchar la voz de  Sacerdote  P. Ranón Cué S.J

     La voz de José Antonio Cossío va más allá del oído

     

    DIOS TIENE MANO IZQUIERDA

    La misma tarde que compré mi Cristo, le pregunté al anticuario dónde estaría el brazo derecho.

    - ¡Oh, imposible encontrarlo! (me contestó). Y no crea usted que no revolvimos ya todo el pajar en donde estaba tirada la imagen mutilada. Encontramos, eso sí, la pierna izquierda y se la pegamos pero de la mano derecha ¡Ni rastro!

    El anticuario no sabía Señor por dónde andaba tu mano derecha, pero Tú, Tú sí que lo sabes, la estás desclavando continuamente y se te escapa siempre. No, no me extraña que no la tengas, anda por ahí, invisible pero eficaz. ¡¿Quién no siente de vez en cuando, el suave roce de la mano llagada de Cristo?! Esa mano invisible que, sin llamar a la puerta, se mete en todas partes; en el hospital, en el lecho de muerte, en la oficina, en el despacho, en la fábrica, en el cine, en el teatro. Se cuela de puntillas como una ráfaga luminosa y musical. No podemos dar un paso por la vida sin tropezar con la mano de Dios. Pero tú, Cristo mío roto, sólo tienes mano izquierda.

    Y me imaginé que decía, después de sentir que mi Cristo sonreía silencioso: "Qué poco y mal me conocéis, ¿Qué sería de vosotros los hombres si yo no tuviera mano izquierda?, La tengo, pero no para evitar que me crucifiquen, sino para conseguir que mi padre no os condene, Yo no uso mi mano izquierda para salvarme de la cruz, sino para salvaros del infierno, ¿Lo comprendes ahora?"

    Toda la aventura trágica y divina de nuestra vida, está en dejarnos guiar por las manos de Dios. Pero hay en nosotros un elemento difícil, esquivo, peligroso: la libertad. Y Dios la respeta misteriosamente, infinitamente. Para conquistarnos dispone Dios de dos manos, la derecha y la izquierda que representan dos técnicas y dos tácticas. La mano derecha; es clara, abierta, transparente, luminosa. La mano izquierda busca atajos, da rodeos, es cálculo, diplomacia, no tiene prisa, si es necesario actúa a distancia y finge la voz, pero aunque izquierda no es maquiavélica ni traidora, porque la mueve el amor.

    Para cada alma Dios tiene dos manos, pero las emplea de modo distinto porque todas las almas son diferentes. Con la derecha, como a palomas blancas o a ovejas dóciles, Dios guiaba a Juan Evangelista, a Francisco de Asís, a Juan de la Cruz, a Francisco Javier, a las dos Teresas. Para conquistar a Pedro, a Pablo, a Magdalena, a Agustín, a Ignacio de Loyola, Dios tuvo que emplear la izquierda. Ante la mano derecha, se rebelan, entonces entra en juego la izquierda, busca un disfraz y se trueca en rayo, en bala, trata de ser freno que nos detenga, quiere alzarnos del barro en que caímos, se nos mete en el pecho para ver si logra ablandar nuestros corazones. Sus recursos son infinitos, hoy la disimula con modernos y actuales disfraces, es el ser más actual.

    ¡Se rompe una presa que arrastra mis fincas! Tengo un descuido inexplicable en el trabajo, y la máquina me siega un brazo. Íbamos en coche a 100 por hora, nos salió inesperadamente un camión, murieron en el acto mi mujer y un hijo, y quedé solo en la vida. Jamás he tenido una enfermedad, pero me dice el médico que tengo algo incurable.

    Ante la mano izquierda de Dios, la primera reacción es un grito de rebeldía y desesperación, olvidamos la presa, el coche, el traidor, la muerte, porque adivinamos que ellos no tienen en definitiva la culpa, presentimos a Dios como responsable de ese dolor, que por ser tan terriblemente profundo, no puede venir de las criaturas y lógicamente nos encaramos a Dios. ¡Le gritamos, le emplazamos, le protestamos, le exigimos, le desafiamos, le condenamos! ¡PADRE, SI FUERAS PADRE, NO ME TRATARÍAS ASÍ! Gritamos, protestamos, nos rebelamos y luego… nos quedamos solos. Y vienen las primeras lágrimas nerviosas y quemantes, y sin darnos cuenta, la primera oración. Volvemos a protestar contra Dios, contra nuestra primera oración. Sucede el cansancio, las lágrimas ya son más serenas, ya rezamos sin protestar, tenemos ganas de besar algo, ¿Qué? Oh sí, eso, ya lo encontramos, un crucifijo, y con un beso le decimos a Dios, que está bien lo que Él disponga, terrible, violenta, dura, implacable, pero bendita mano izquierda de Dios. Se formulan absurdas expresiones: "Bendita presa que se rompió, arrasó mi fábrica, pero me acercó a Dios, yo andaba muy lejos de Él".

    Cristo mío roto, te lo digo en nombre mío y de todos, porque todos somos valientes para pedírtelo desde ahora: Señor, si no basta para salvarnos la ternura de tu mano derecha, desclava tu izquierda, disfrázala de lo que quieras: fracaso, calumnia, ruina, accidente, muerte. Cristo, que seamos hijos de tu mano, de tu derecha o de tu izquierda.

    A la cabecera de tu cama, amigo, o en tu mesita de noche, tienes un Cristo clavado en la cruz, ¿Por qué esta noche, antes de acostarte, no le besas la mano izquierda? Dios sabrá compensarte ese gesto de valor y resignación cristiana.

    P. Ramón Cué S.J.

     

     

     

     

    Mi Cristo Roto - parte 3

     

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    Mi Cristo Roto - parte 3

    La voz de José Antonio Cossío va más allá del oído

    SE HA PERDIDO UNA CRUZ

    ¡Atención! Se ha perdido una cruz y no se da con ella, es la de mi Cristo roto. ¿Alguno de vosotros, ha encontrado una cruz? ¿Queréis las señas? ¿El tamaño? No es muy grande, pero es una cruz y no hay cruz pequeña, además es una cruz para Cristo y entonces no hay modo de medirla, con estas señas basta porque en definitiva todas las cruces son iguales.

    Perdonad pues mi insistencia, ¿Quién de nosotros no ha encontrado una cruz? Mejor dicho: ¿Quién no tiene una cruz? Es un derecho de propiedad irrenunciable que se está ejerciendo siempre, todos la llevamos. La llevamos encima, a cuestas, aunque no se nos vea, aunque sonriamos. A veces por oculta, más pesada. Esta noche al acostarnos, no podremos dejarla colgada en la percha, al levantarnos mañana, no será necesario vestírnosla, saltaremos de la cama con ella ya puesta.

    ¿Que quién ha encontrado una cruz? Todos… todos, buenos y malos, santos y criminales, sanos y enfermos, ni siquiera respeta a los que parecen desafiar el dolor con las carcajadas y juergas de su vida.

    Esa pobre mujer, que repintada y aburrida espera sentada a la barra de la cafetería o arrimada a la esquina estratégica, lleva una pavorosa cruz a cuestas, pesa tanto, que se apoya recostándose en la esquina, es una cruz más pesada de lo que sospechamos y el que se acerca a ella buscando el placer, lo hace por huir de otra cruz. Hablan los dos, regatean, prometen, se arreglan al fin y allá van por la calle adelante, con prisa y con la cruz a cuestas, y cuando regresan, cuando ya han tratado de aplacar su hambre de felicidad, sienten defraudados que ha aumentado su cruz, que es mayor. En ella, asco y envilecimiento, en él, desolación.

    Toda ciudad en definitiva es un bosque, una selva, una colmena de cruces, ¿Y sabes amigo por qué a veces nuestra cruz resulta intolerable? ¿Sabes por qué llega a convertirse en desesperación y suicidio? Porque entonces nuestra cruz, es una cruz sola, sin Cristo, solamente se puede tolerar, cuando lleva un Cristo entre sus brazos. Una cruz laica, sin sangre ni amor de Dios, es absurda, no tiene sentido, por eso, se me ocurre una idea. Yo tengo un Cristo sin cruz y tú tienes, tal vez, una cruz sin Cristo. Los dos están incompletos. Mi Cristo no descansa, porque le falta su cruz, tú no resistes tu cruz porque te falta Cristo. ¿Por qué no le das esta noche tu cruz vacía al Cristo? Tú tienes una cruz sola, vacía, helada, negra, sin sentido. Te comprendo, sufrir así es irracional y no me explico ¿Cómo has podido tolerarla tanto tiempo? Tienes el remedio en tus manos… anda, dame esa cruz tuya, dámela, te doy en cambio, este Cristo sin reposo y sin cruz. Tómalo, es tuyo, dale tu cruz, toma mi Cristo; júntalos, clávalos, abrázalos y todo habrá cambiado.

    Mi Cristo roto descansa en tu cruz, tu cruz se ablanda con mi Cristo en ella. Hemos encontrado una cruz, la nuestra, que resulta ser la de Cristo.

    P. Ramón Cué S.J.

                                                                                                 

    Copyright©2007_Luz Angelito_All rights reserved

    Mi Cristo Roto - parte 4

     
     

     

     

     

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    Mi Cristo Roto - parte 4

    La voz de José Antonio Cossío va más allá del oído

    ¿QUIÉN TE PARTIÓ LA CARA?

    Cristo, yo había oído muchas veces esta amenaza en labios trémulos por el odio: "¡MIRA QUE TE PARTO LA CARA!" Y siempre pensé que todo suele quedar en un puñetazo, un bofetón, una cuchillada en la mejilla. Sólo en Ti se ha cumplido literalmente la brutal amenaza, te han partido la cara de un solo tajo.

    Yo se la hubiera restaurado, pero Él me lo prohibió. Por eso me dedico en un juego de fantasía y cariño, a restaurársela idealmente, colocando sobre su cabeza sin facciones, las caras que para mi Cristo, ha soñado el arte universal. Consumo en este juego, museos, colecciones, galerías, catedrales, pinacotecas. Todo va pasando por el tajo de su cara en un desfile lento, y me siento Velázquez o Juan de Meza, con un patetismo barroco, o Montañés con olímpica belleza, o Leonardo, de infinita tristeza.

    Pero desde hace unos días, he tenido que renunciar también al consuelo de este juego, el Cristo roto, es terrible en su exigencia, no concibe treguas, y me lo ha prohibido también. Yo creí al principio que le gustaba, al menos lo toleraba silencioso, hasta que un día me interrumpió severamente.

    - ¡BASTA! No me pongas ya más caras, he tolerado tu juego demasiado tiempo. ¿No acabas de comprenderlo? No me pongas más esas caras que pides de limosna, al arte de los hombres. ¡Quiero estar así, sin cara! Prometiste que jamás me restaurarías… a no ser, que quieras ensayar otro juego, ponerme otras caras. Esas… sí las aceptaré.

    - ¿Cuáles señor? Te las pondré enseguida. Dime qué caras y te las pongo.

    - Temo que no lo entiendas, incluso que te escandalices como los fariseos. Me refiero a otros rostros, pero reales, no fingidos como los que inventabas y que son también míos, como el que me cortaron de un tajo.

    - Ahh, ya creo adivinar Señor, te refieres a las caras de los santos, de los apóstoles, de los mártires…

    - Esas caras en verdad, son mías. Nadie me las niega ni me las regatea. Pero yo quiero otras, las reclamo, muy pocos se atreverían a ponérselas, Yo sí.

    Hizo un descanso, como para tomar fuerzas. Respiró profundamente. Yo estaba asustado, tenía miedo, pero no había remedio. Entonces me dijo:

    - Oye, ¿No tienes por ahí un retrato de tu enemigo? De ese que te tiene envidia y que no te deja vivir; del que interpreta mal por sistema todas tus cosas, del que siempre va hablando mal de ti, del que te arruinó, del que dio malos y decisivos informes sobre ti, del traidor que te puso una zancadilla, del que logró echarte del puesto que tenías, del que te denunció, del que te metió en la cárcel.

    - Cristo, no sigas…

    - Es demasiado, ¿Verdad?

    - Es inhumano, es absurdo…

    - ¿Te has fijado bien en la cara de los leprosos, de los anormales, de los idiotizados, de los mendigos sucios, de los imbéciles, de los locos.

    - ¿Y... y me vas a decir Cristo, que esas caras son tuyas y… y que te las ponga? No, no, imposible.

    - Espera… no acabo aún. Toma bien nota de esta última lista y no olvides ningún rostro: Tienes que ponerme la cara del blasfemo, del suicida, del degenerado, del ladrón, del borracho, del asesino, del criminal, del traidor, del vicioso. ¿No has oído? ¡Necesito que pongas todos esos rostros sobre el mío!

    - No, no señor… (contesté)

    - No entiendo nada, ¿Todos esos rostros miserables y corruptos sobre el tuyo, sagrado y divino?

    - ¡Sí, así lo quiero! ¿No ves que todos ellos pertenecen a esta pobre humanidad doliente creada por mi padre? ¿No te das cuenta que yo he dado la vida por todos? Quizá ahora comprendas lo que fue la Redención. Escucha: Yo como hijo de Dios me hice responsable voluntariamente de todos los errores y pecados de la humanidad. Todo pesaba sobre Mí, mi Padre se asomó desde el cielo para verme en la cruz y contemplarse en Mi rostro, clavó sus ojos en Mí y su pasmo fue infinito. Sobre mi rostro, vio sobrepuesta sucesiva y vertiginosamente las caras de todos los hombres. Desde el cielo, durante aquellas tres horas terribles de mi agonía en la cruz, contemplaba el desfile trágico de la humanidad vencida, mientras tanto Yo le decía: "¡Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen!" No era Yo sólo quien moría en la cruz, eran miles y miles de dolientes seres humanos, derrotados muchos por sus propias pasiones, por sus errores, por sus pecados. El desfile era terrible, repugnante, grosero. Mi padre vio pasar sobre mi rostro la cara del soberbio; la del sectario, imaginando la destrucción de Dios, la del asesino frío y desalmado. Había labios repugnantes, ojeras hundidas marcadas con fuego de lujuria, alientos insoportables de ebriedad, palidez de madrugadas encenagadas en el vicio, sórdidos rictus de amargura y desesperación, turbadoras miradas de perversión y delito, de subterráneas anormalidades inconfesables y oscuras. Toda la derrota y las lacras de una humanidad irredenta, la agonía, la muerte. Y mi Padre… Dios, las amó a todas y perdonó sus pecados.

    Mi Cristo calló, qué pobre y ridículo me pareció el arte de los hombres y qué profundo e insondable el amor de Dios. Y desde entonces, enmudeció. No volvió a hablarme más.

    No olvidemos nunca esta suprema y difícil lección. No olvidemos nunca la superficie lisa del rostro de mi Cristo, tajado verticalmente. Podríamos compararlo con un portarretrato vacío. En él se nos ofrece la oportunidad de colocar la cara de aquél o aquellos que nos han hecho daño o que odiamos profundamente haciéndonos más daño a nosotros mismos que a quien es objeto de nuestro rencor.

    ¡Sí…, sí, seamos valientes! Recordemos el rostro que mayor odio y antipatía nos produzca, acerquémoslo a Cristo, aunque sintamos temblar nuestro pulso. Coloquémoslo sobre el suyo e imaginemos que nuestro enemigo, ese ser que odiamos, ocupa su lugar en la cruz. Cerremos los ojos, acerquémonos al crucificado y besemos reverentes y humildes su figura.

    Al besar un Cristo, con el rostro de nuestro enemigo, nos envolverá una voz cálida y musical, paternal y bondadosa. Aquélla que hace muchos siglos nos dejara la más grande y maravillosa herencia que hombre alguno pueda tener, encerrada en sólo seis sencillas palabras: "Amaos los unos a los otros".

    P. Ramón Cué S.J.

     

     
     
     
     
     

    Me haz conquistado, Señor

     

    Me haz conquistado, Señor

     

    Me haz conquistado, Señor

    Señor, Tú me has cautivado y no he podido resistirte.
    Largo tiempo escapé, pero me perseguías, yo corría en
    zigzags, pero Tú lo sabías. Me alcanzaste. Y yo me debatí.
    ¡Me venciste!
    Y hoy heme aquí, Señor: he dicho "sí" cansado y sin
    aliento, a pesar mío casi. Yo estaba allí, temblando,
    como un vencido a merced del vencedor, cuando Tú pusiste
    sobre mí tu mirada de Amor.
    Ya está hecho, Señor, ya no podré olvidarte, en un instante
    Tú me has conquistado, en un instante Tú me has cautivado,
    has barrido mis dudas, mis temores volaron. Te reconocí
    sin verte, te sentí sin tocarte, te comprendí sin oírte.
    Ya estoy marcado con el fuego de tu amor, ya está hecho:
    nunca podré olvidarte.
    Ahora yo te sé presente junto a mí y trabajo en paz bajo
    tu mirada de Amor, ya no he vuelto a saber lo que es tener
    que hacer esfuerzos para orar: me basta con levantar los
    ojos de mi alma hacia Tí para encontrar tus ojos y no hace
    falta más: nos comprendemos, todo está claro, todo es paz.
    Señor, sigues haciendo el vacío en torno a mí, pero ahora
    de un modo muy distinto: es que Tú eres demasiado grande
    y eclipsas todas las cosas. Todo cuanto yo amaba ahora me
    parece bagatela, mis deseos humanos se funden como cera
    bajo el fuego de tu Amor. ¡Qué me importan las cosas!
    ¡Qué me importa mi bienestar! ¡Qué me importa mi vida!
    Ya no deseo más que a Tí. Tan sólo a Tí te quiero.
    Los demás van diciendo "Está loco". Pero son ellos,
    Señor, los que lo son. Ellos no te conocen, ellos no saben
    de Dios, ellos no saben que no se le puede resistir.
    Pero a mi... a mí me ha cautivado, Señor y yo estoy
    seguro de Tí. Tú estás aquí y yo salto de gozo, el sol
    lo invade todo y mi vida resplandece como una joya, todo
    es fácil, todo es luminoso, todo es puro, ¡todo canta!
    Gracias, Señor, gracias.
    Amen

    Autor: Michel Quoist

    Hazme ir mas despacio, Señor

     

    Hazme ir mas despacio, Señor

     

    Hazme ir mas despacio, Señor

    Acompaña el latir de mi corazón aquietando mi mente.
    Apacigua mis apresurados pasos con la visión del alcance
    eterno del tiempo.

    Ablanda la tensión de mis nervios y músculos con la
    música relajante de las melodías que perduran en mi
    memoria.

    Ayúdame a experimentar el mágico poder restaurador
    del sueño.

    Enséñame el arte de tomarme pequeñas vacaciones:
    detenerme para mirar una flor,
    charlar con una amistad,
    acariciar un perro,
    leer unas pocas líneas de un buen libro...

    Hazme ir más despacio, Señor, e inspírame cómo
    echar raíces profundas en la tierra de los valores
    perennes de la vida,
    para que pueda crecer hasta la cima de mi grandioso
    destino.

    Amen

    Autor: Jill Harris

     

    Por la oración vivo en Ti, Señor

     

    Por la oración vivo en Ti, Señor

     

    Por la oración vivo en Ti, Señor

    Es a través de la oración que vivo en Ti,  Señor.

    Mi alma está en Ti, como el niño en el regazo de su madre,
    la respiración unida a la suya, un corazón que late al
    ritmo del otro.

    Señor Jesús, eres mi maestro. El Evangelio te muestra
    en oración una noche entera en la montaña.

    Orabas antes de hacer un milagro, antes de elegir a los
    apóstoles, durante la Cena. Orabas mientras tu frente
    vertía sudor de sangre en el huerto de Gethsemani,
    mientras agonizabas en la Cruz.

    Orabas con la palabra de Dios. Tu existencia era
    una oración continua. Orientado al Padre, con un
    corazón amante, todo al servicio de su gloria:
    "Sea santificado tu nombre, venga tu reino".

    Aguardabas con ardor que llegara tu hora
    para realizar el sacrificio del amor.

    Tú has dicho: "Yo y el Padre somos una sola cosa",
    "orad sin desfallecer", "hago aquello que agrada a mi Padre".

    Me haces comprender que la oración incesante es comunión
    con el Padre, y que la práctica de la oración permite
    hacer la voluntad del Padre".
    AMEN.

    Dios mío! confió en Ti

     

    Dios mío! confió en Ti

     

    ¡Dios mío! confió en Ti

    Señor Jesús, quiero llegar hasta tí,
    quiero abrazarme a tu cruz
    como abrazaste el dolor
    por curarme del pecado.
    Pues vivir no es otra cosa
    que una cruz para el cristiano,
    dolor que llega y nos punza,
    como espada que se clava.
    Solo ésa Cruz dá sentido,
    a tanto dolor que vemos,
    y aunque esquivarlo queremos
    es parte de nuestra vida.
    No me atemoriza ya
    el pasar por tantas pruebas
    de suerte que sean las mismas
    por las que ya tu pasaste.
    Solo anhelo estar contigo
    mi Dios y mi Salvador,
    porque solo en tí yo encuentro,
    tranquilidad y confianza,
    porque solo Tú me das
    la certeza de vivir.
    Te amo, Señor.

    Amén.

    Autor: Padre Manuel Correa, O.F.M.

     

    Hoy quiero darte gracias, Señor

     

    Hoy quiero darte gracias, Señor

     

    Hoy quiero darte gracias, Señor

    Hoy siento la necesidad de darte gracias, Señor
    Tu vida dá sentido a toda la existencia humana, y tu dolor  nos hace
    comprender
    que todo sufrimiento es principio de salvación.
    Tu soledad alivia nuestra soledades, y tu perdón nos hace renacer
    como  una flor en
    capullo o como una canción de juventud.
    Gracias, Señor, porque tu sed nos invita a salir
    al encuentro de los mas necesitados, con la
    posibilidad de compartir.
    Tu nos has devuelto el sentido del trabajo
    que antes era maldición y contigo se transforma en un medio de
    santificación.
    Tu muerte misma nos llama a una vida nueva, la que tu nos ofreces,
    que Tú nos preparas, porque contigo tenemos parte en un futuro eterno
    a través de tu resurrección.
    Gracias, Señor, por tu cercanía, por el consuelo de tus palabras y
    por el infinito amor  que dejaste en nuestro mundo desde el día en
    que  quisiste compartir con nosotros la maravillosa aventura de la
    vida.
    Amen

    Oración por la Pasión del Señor

     

    Oración por la Pasión del Señor

     

    Oración por la Pasión del Señor


    Señor mío Jesucristo, tu sentenciado y condenado por los mismos que te habían aclamado poco antes, tu callas y nosotros huímos. Señor, déjame imitarte, uniéndome a ti por el silencio cuando alguien me haga sufrir.

    Y ahora Señor, que carga más pesada llevas al hombro, haz Señor que yo comprenda el valor de la cruz, de mis pequeñas cruces de cada día, pequeñas molestias a veces, achaques, mi soledad. Déjame convertir en ofrenda amorosa, en reparación por mi vida y la de mis hermanos, mi cruz de cada día.

    Y ahora tú caes, Señor, caes por mi, para redimirme, para levantarme en mis caídas diarias, cuando después de haberme propuesto ser fiel, vuelvo a reincidir otra vez. ¡Ayúdame a levantarme siempre y a seguir mi camino junto a Ti

    Señor, haz también que me encuentre al lado de tu Madre en todos los momentos de mi vida. Con ella, apoyándome en su cariño maternal, tengo la seguridad de llegar a Ti en el último día de mi existencia. ¡Ayúdame Madre!

    Cada uno de nosotros tenemos nuestra vocación, hemos venido al mundo para algo concreto, para realizarnos de una manera particular. ¿Cuál es la mía y cómo la llevo a cabo? Pero hay algo, Señor, que es misión mía y de todos: la de ser Cirineo de los demás, la de ayudar a todos. ¿Cómo llevo adelante la realización de mi misión de Cirineo?

    Verónica es la mujer valiente, decidida, que se acerca a Ti cuando todos te abandonan. Yo, Señor, te abandono cuando me dejo llevar por el "que dirán", del respeto humano, cuando no me atrevo a defender al prójimo ausente, cuando no me atrevo a replicar una broma que ridiculiza a los que tratan de acercarse a Ti. Y en tantas otras ocasiones. Ayúdame a no dejarme llevar por el respeto humano, por el "qué dirán".

    Caes, por segunda vez Señor, y luego será por tercera vez en tu caminar hacia el Calvario. Tal vez fueran más. Caes delante de todos... ¿Cuándo aprenderé yo a no temer el quedar mal ante los demás, por un error, por una equivocación? ¿Cuándo aprenderé que también eso se puede convertir en ofrenda?

    Muchas veces, tendría yo que analizar el porque de mis lágrimas, el porque de mis pesares, de mis preocupaciones. Tal vez hay en ellos un fondo de orgullo, de amor propio mal entendido, de egoísmo, de envidia. Debería llorar por mi falta de cariño y amor hacia tus innumerables beneficios de cada día, ¡OH! cuánto me quieres.

    Más agotado, te quedan pocas fuerzas, caes desfallecido nuevamente, Y digo Señor. me pesan los años, que no soy el de antes, que me siento incapaz. Déjame, Señor, imitarte en esta tercera caída y haz que mi desfallecimiento sea beneficioso para otros, porque te lo doy a Ti para ellos.

    Arrancan tus vestiduras, adheridas a Ti por la sangre de tus heridas. A infinita distancia de tu dolor, yo he sentido, a veces, cómo algo se arrancaba dolorosamente de mí por la pérdida de mis seres queridos. Que yo sepa ofrecerte el recuerdo de las separaciones que me desgarraron, uniéndome a tu pasión y esforzándome en consolar a los que sufren, huyendo de mi propio egoísmo

    Señor, que yo disminuya mis limitaciones con mi esfuerzo y así pueda ayudar a mis hermanos. Y que cuando mi esfuerzo no consiga disminuirlas, me esfuerce en ofrecértelas también por ellos.

    Te adoro, mi Señor, muerto en la Cruz por Salvarme. Por eso beso tus llagas, tus heridas de los clavos, la lanzada del costado... ¡Gracias, Señor, gracias! Has muerto por salvarme, por salvarnos. Déjame responder a tu amor con amor, quiero cumplir tu voluntad, trabajar por mi salvación, y la de mis hermanos, ayudado de tu gracia.

    Déjame estar a tu lado, Madre, especialmente en estos momentos de tu dolor incomparable, déjame estar a tu lado, déjame que hoy y siempre estar junto a Ti y te compadezcas de mí.

    ¡Mírame con compasión, no me dejes, Madre mía!

    Todo ha terminado ya Señor, pero no, porque después de la muerte, espero la Resurrección.

    Autor: Pedro Sergio Antonio Donoso Brant

     

     

    Jesús por Ti suspiro

     

    Jesús por Ti suspiro

    Jesús por Ti suspiro

    Dios mío,
    te pido que despiertes en mí,
    el deseo de amarte a tí,
    por sobre todas las cosas,
    que ese sea el deseo más grande
    de toda mi vida.
    A veces me olvido de tí,
    y, sin embargo, sé
    que amarte es el único
    motor de mi existencia
    lo que realizo,
    lo que pienso,
    lo que digo.
    Te suplico que hagas surgir en mí
    la necesidad de Tí,
    que hagas brotar en mí,
    el deseo de comunicarme a diario,
    para vivir contigo,
    siempre en tu presencia,
    para vivir de acuerdo a tu Evangelio
    y ser un auténtico discípulo tuyo.

    Amén.

    Autor: Carlo María Martino

     

    Jesucristo, Palabra del padre

     

    Jesucristo, Palabra del padre

     

    Jesucristo, Palabra del padre

    Jesucristo, Palabra del Padre,
    luz eterna de todo creyente:
    ven, Señor, porque ya se hace tarde,
    ven y escucha la súplica ardiente.
    Cuando el mundo dormía en tinieblas,
    en tu amor, tú quisiste ayudarlo
    y trajiste, viniendo a la tierra,
    esa vida que puede salvarlo.
    Ya madura la historia en promesas,
    sólo anhela tu pronto regreso;
    si el silencio madura la espera,
    el amor no soporta el silencio.
    Con María, la Iglesia te aguarda
    con anhelos de esposa y de madre
    y reúne a sus hijos, los fieles,
    para juntos poder esperarte.
    Cuando vengas, Señor, en tu gloria,
    que podamos salir a tu encuentro
    y a tu lado vivamos por siempre,
    dando gracias al Padre en el reino

     

    Dame calma, Señor

     
    Dame calma, Señor

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    Martín Valverde - Ten Calma
    Dame calma, Señor

    Déjame sentir la honda paz presente
    en cada experiencia, la armonía de vivir.
    Dame calma, Señor, de manera que pueda
    entrar en la honda paz dentro de mi corazón.
    Dame paz de manera que vea la bendición
    escondida en todas las cosas.
    Guárdame de palabras ociosas y vanas fantasías.
    Calma la carrera de mi mente para que mis
    pensamientos tengan la claridad y movimiento
    fácil del fresco aire que respiro. Busco la
    serenidad de un lago tranquilo, la fuerza de
    un roble, el incambiable sólido poder de
    las montañas.
    Dame calma, Señor, para que pueda emplear
    tiempo en gozar la paz, en la belleza que
    has creado a mi alrededor.
    Necesito tiempo para pensar, tiempo para
    considerar soluciones a problemas;
    tiempo para confortar mi interno ser y mi
    vida en amor y divino orden.
    Dame calma, Señor, es mi oración,
    y mientras oro, siento que me aquieta
    tu presencia, siento la suavidad de
    tu mano en la mía. Estoy tranquilo,
    estoy quieto, estoy en paz.
    Gracias, Padre, que me oíste...
    y yo se que siempre me oyes.

    Amén